La clave de la enseñanza: Dejar de centrarnos en las debilidades y potenciar las fortalezas

“Nuestro mejor legado será nutrirlos de experiencias más que de conocimientos, permitir y fomentar el desarrollo de otras capacidades, como la creatividad y la imaginación, facilitando así una mente productiva y generadora de ideas”, reflexiona Núria Guzmán.

Imaginemos un curso promedio de una escuela promedio. Repasemos en nuestras mentes los tipos de estudiantes sentados en la sala. ¿Listos? Allá se sienta el niño problema, acá los estudiosos, en esa esquina los desordenados. Sin mucho esfuerzo, podemos llegar a un consenso sobre qué espacio de la sala utiliza cada uno de ellos.

Las clasificaciones, sin darnos cuenta, son una piedra angular del sistema educativo. Están construidas con apariencia de normalidad, cuando en realidad son un problema esencial. Sobre todo cuando los estudiantes presentan algún tipo de diagnóstico.

En las salas de nuestras escuelas, más del 20% de los estudiantes está categorizado por sus dificultades académicas: dislexia, trastornos del lenguaje, trastornos del desarrollo, entre otras.

En los colegios “las intervenciones inciden habitualmente en mejorar aquello que a los alumnos no se les da bien, aquello que les produce rechazo y con lo que no disfrutan, frustrando así a gran parte del alumnado y sus familias”, precisa Núria Guzmán en su texto “Neuroeducación y juegos de mesa”.

En su estudio, la especialista trabaja sobre una idea fundamental: dejar de centrarnos en las debilidades, permitiendo el neurodesarrollo a partir de las fortalezas.

El punto de partida es que los estudiantes crean en sus posibilidades, para que tengan una actitud proactiva ante el aprendizaje. “Eso solo se consigue desde un entorno motivador, desde espacios que puedan ser activos y generar y crear a partir de aquellos que se les da bien o aquellos que les motiva”, recalca Guzmán.

Diversos neurocientíficos plantean que la estimulación de una función termina por favorecer otras. Es decir, potenciar una habilidad posibilita el desarrollo de otras áreas.

En ese sentido, el juego tiene la ventaja de estimular varias áreas al mismo tiempo. Y bueno, ¿Hay algo más motivador que jugar? Difícil.

Por ejemplo, utilicemos a nuestro  mal llamado “niño problema”. Quizás tiene destacadas habilidades para sociabilizar, pero en matemáticas obtiene las peores calificaciones. Si lo sentamos alrededor de un juego de mesa que potencie el trabajo colectivo y la interacción con otros, probablemente lograremos un espacio motivador centrado en su principal habilidad. Estaremos estimulando su área de fortaleza, que terminará repercutiendo en otras. ¿Te imaginas que ese juego también estimule el aprendizaje de fracciones? Estaríamos explotando su potencial, y como valor agregado sumándole un aprendizaje que antes lo frustraba.

¡El cambio es urgente!

Pareciera que los estudiantes están en constante preparación para el futuro. Bajo esa idea la escuela es una fábrica de herramientas. Éstas serán utilizadas por los estudiantes en la adultez cuando la vida, supuestamente, realmente importe.

Pero ese es un grave error: los niños necesitan practicar las habilidades ¡ahora!

El desarrollo de sus habilidades es un fin en sí mismo y no una simple preparación para la vida laboral. Guzmán reflexiona sobre esta idea diciendo: “Nuestro mejor legado será nutrirlos de experiencias más que de conocimientos, permitir y fomentar el desarrollo de otras capacidades, como la creatividad y la imaginación, facilitando así una mente productiva y generadora de ideas”.

Cambiar la dinámica en nuestras escuelas se hace urgente al entender que es precisamente en la niñez y adolescencia cuando se generan las conexiones neuronales de mayor impacto para el resto de nuestras vidas.